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HISTORIA DE LAS PROMESAS

Alrededor del 153 A.C., al actualizarse el calendario romano y añadir dos meses adicionales a los 10 iniciales, se consagró uno de los nuevos meses, el que se convertiría en el primer mes del año, al dios Jano. (La palabra enero se deriva de Janero, la cual está relacionada al nombre de Jano y se deriva del latín Ianuarius).

Según la mitología romana, Jano era un dios con dos caras, una viendo hacia el frente y la otra, en la parte posterior de su cabeza, mirando hacia atrás. De acuerdo a la creencia romana, esta característica le permitía la habilidad de poder ver los eventos del pasado y aquellos que ocurrirían en el futuro.

Por esto mismo a Jano se le conocía como el "dios de las puertas," de los principios y los finales, de los cambios y transiciones, por eso se le honraba al inicio de eventos importantes y nuevos proyectos: al principio de la época de cosecha, al festejar el nacimiento de un bebé o en el momento en el que una pareja contraía matrimonio.

Para invocar su poder y protección al iniciar un nuevo año, también se le comenzó a invocar públicamente precisamente en el primer día del año. Para agradarle, los romanos comenzaron la práctica de buscar el perdón de aquellos a quienes habían ofendido, proponiéndose firmemente no ofender a nadie más, ofreciendo sus buenas intenciones a su dios. Cuentan que fue así como Jano se convirtió en el dios de los buenos propósitos para los romanos y como surgió la tradición de los buenos propósitos de Año.

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